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El de la tortilla


Hoy me voy a dar el capricho de recordarte a mi antojo, de pensar en tu olor a tabaco, en tus manos largas y morenas con tus uñas siempre mordidas, en tu sonrisa infinita y en tu genio vivo que enseguida se apaga.

Voy a pensar en tu corazón inmenso de bondad, que era tu mayor debilidad, en tu poca serenidad y sobretodo en tu pelo rizado ya canoso. Esos ojos grandes marrones siempre abiertos y esa boca con algo que contar. Tu inteligencia innata que no era de libros ni de escuelas, sino de vivencias y de palos. Tu espalda trabajadora en verano preparando como las hormiguitas la comida para el invierno. Porque hoy me doy el lujo de no sacarte de mi cabeza durante un rato, ni a ti, ni al pazo, ni a Carballeda, ni los domingos en Samil con la tortilla de patatas y cebolla. La casa sigue sola, la cama más vacía y el ambiente está más puro sin la nicotina, pero sin embargo nunca me ha hecho más daño respirar ese aire sano. Ver un libro de vaqueros y comenzar a llorar.

Eso es amor de verdad. Que tu silla del balcón ya no esté ocupada, o simplemente no tener con quien hervirle los nervios a mamá.


Porque esta es una carta para ti. Porque no puedo evitar pensarte sin llorar, porque no me parecen suficientes los momentos vividos a tu lado. Siempre había algo mejor que hacer y tú siempre decías que todo lo entendías. Y ahora la que no entiende soy yo, porque me da pánico olvidar tu voz. Que una foto tuya se convierta en un gran tesoro y que cada historia oída con tu nombre sea el mejor relato que pueda llegar a mi día a día. Dicen que cuando alguien se va de repente se vuelve buena persona por quienes lo recuerdan. Pero, en serio, a cualquiera que me esté leyendo. ¿Tenía esta persona algún atisbo de maldad?

Tenía poca cordura y mucha alegría. Amaba la vida, el olor y el sabor de la mujer que dormía cada noche a su lado.
Seguro que no fue fácil, sobre todo para ella, sobrellevar algunos capítulos, pero tengo la certeza de que le compensó por toda la comprensión y el amor que expulsaba por cada esquina de su cuerpo cada vez que la veía. 

Es que eso era adoración señores, ni la Semana Santa de Sevilla. Nunca vi tanta devoción. Aún sin un duro en el bolsillo no había San Valentín sin rosa. Su cuerpo alto y delgado, su cara sonriente y sobretodo su luz , que espero tener la suerte de que nunca se vayan de mi cabeza.No tengo la intención de volver a verte pronto, pero sí de volver a verte cuando toque, aunque sea en sueños, para que me puedas recordar tu voz y así despertar de la pesadilla de tu olvido.


Escucha la lista de música que ha inspirado este instante

 

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