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Placer . . .

…en la ignorancia de no saber dónde termina tu cuerpo y empieza el mío al estar entre sábanas.

Dulce torpeza el no encontrar esa línea que separa tu piel de la mía, que el espacio reduzca su medida hasta solo verse en microscopio.

Tan íntimo, que las células se conviertan en solo energía y sea todo volátil.

Placer en la ignorancia de no poder decidir si me gusta más el olor de tu mañana o de tu hora de dormir. Que el protocolo vespertino sea nuestro ritual y termines diciéndome: “habrá dos piletas en el baño, eso ya te lo digo yo”.

Ignorancia . . .

…en pensar que no me ves cuando te observo, cuando caminas despacio levantando los brazos, bostezando, sin importar quién venga detrás o la hora que marque el despertador.

Bella locura que hace querer ingresar en un oscuro manicomio y deslizarme entre alaridos de placer y que se mueran de envidia los vecinos si no pueden dormir.

Me pasaría la noche entera en vela vigilando, si la curvatura de tu espalda modifica sus grados de inclinación cuando respiras.

¿Y qué más da si se termina mañana? Y qué más da si dura toda la vida?

Yo me quedo con el placer de la ignorancia, de no saber si de las cuatro piernas que hay entrelazadas en la cama, cuáles son mías y cuáles quiero mirar, admirar y recordar.

Qué bonito, el no saber lo que esconde tu sonrisa cuando tu comisura se alza en una esquina, y qué ignorancia la mía al sonreír contigo sin saber ni el por qué.

Bendita ignorancia que me abrió puertas al placer de sentir y perdió, no sabe aún durante cuánto tiempo, miedo al querer, para darte plaza fija en mi vida.


Escucha la lista de música que ha inspirado este instante

 

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